Lejos estamos del positivismo, de la época donde podríamos haber
pensado que la objetividad sería una meta alcanzable. Por esto partimos desde
el punto de vista que no hay lectura ni palabra dicha inocente. No en el
sentido de esconder o contener un doble sentido, sino mas bien en que las
lecturas que un texto posibilitan no son sino lecturas posibles. Y aunque esto
suene extraño, es posible en tanto algo de la realidad, que se nos pasa
desapercibida como aquello que queda en el punto ciego de nuestra vista, puede
manifestarse en la realización de una lectura que nos dispare a aquello que, no
dicho en el texto, no deja de no decirse.
Desde aquí, nos parece importante rescatar algunos puntos que, en la medida en
que podemos articularlos, pueden ir tensionando palabras, conceptos, e ideas,
que en tanto dichas tienen un efecto en esto que podemos nombrar como nuestro
“sistema social”.
Así, la idea de este espacio es promover la lectura crítica de
textos relacionados a nuestra disciplina, adjunto a un análisis o
comentario que acompañe dicha lectura.
Apuntes
Sobre “Libertad de Circulación y Espacio del Decir”, de Jean Oury
Del
texto: http://www.topia.com.ar/articulos/libertad-de-circulaci%C3%B3n-y-espacio-del-decir Traducción: César Covacevich Vázquez
Las palabras del Dr. Oury son destacables en el sentido de dar un
lugar distinto, una “otra dignidad” a aquellos que desde nuestra disciplina
nombramos y enunciamos como psicóticos (acto realizado principalmente a través
del ejercicio diagnostico). Es decir da,
desde un comienzo y de manera explícita, otro estatuto a locura y por tanto a los
locos, esos que han sido una de las tantas minorías que desde sus inicios, por
lo menos dentro del saber y ejercicio psiquiátrico, han sido encerrados, secuestrados,
aislados, excluidos y por tanto intervenidos a partir, supuestamente, de los
márgenes disciplinares sobre lo normal v/s lo patológico[1]. No se les considera, por lo leído, desde un lugar de enfermos por
el simple hecho de diagnosticarlos como “locos”, sino que más bien se piensan y
se les da lugar desde su particularidad, su diferencia. En síntesis, ellos
tendrían un modo distinto de “estar en el mundo”, de relacionarse con este y de
ser también sujeto.
Parafraseando a Oury, sabemos o sabríamos que el psicótico habla, validado ya en su diferencia, y por tanto es un parlêtre. Que hable, no siempre a sí mismo (y esto lo sabemos gracias a los ejemplos de Oury y nuestras propias experiencias) nos plantea que habría una cierta transferencia (tal vez transferencias multireferenciales, como Tosquelle las nombra) que manifestaría alguna circulación de deseo expresada en las formas particulares de la relación del psicótico con el mundo[2].
No creemos que la vía terapéutica, a partir de esto y como pertinencia
ética y clínica, sea el control y la manipulación de la locura, sino que el ejercicio
estaría relacionado con eso que el otro nos trae y desde donde nos convoca. Y
ese lugar existiría en tanto a nosotros se nos permite un espacio (psíquico y
físico) relativo a la particularidad de ese deseo (psicótico) donde debemos
preguntarnos qué hacer ahí. E insistimos, qué hacer ahí en la medida en que
somos convocados a hacer algo, ya que si se supone hay un o unos otros modos de
transferir es porque justamente podemos suponer que somos convocados a otra cosa
que, por lo menos, ninguna relación tiene con el control, la manipulación, y la
obturación de la circulación de ese deseo[3].
Y de qué ética hablamos cuando señalamos lo ético. En este caso,
hablamos de preguntarse por el lugar de
ese que demanda, pero al mismo tiempo analizar el lugar desde donde yo, en
tanto psicólogo-terapeuta-analista, me planteo la pregunta. Esto nos pone y
devuelve al punto de analizar las condiciones de posibilidad que lo político e
ideológico construyen para preguntarnos, en lo contingente, por “esta” ética,
encarnada en una cierta clínica, y no por otra (quizás aún impensada).
Ahora bien, en la línea de lo expuesto anteriormente, planteamos
otra problemática relacionada con el “ser hablante” y la “intervención en lo
cotidiano”.
Según lo expuesto por Oury, podríamos pensar que: si hay personas
hablantes, habría deseo, y si hay deseo habría inconsciente. Si hay inconsciente,
entonces el psicoanálisis-como fundador del inconsciente-algo podría decir o
hacer ahí, donde eso se “manifieste”.
A partir de esto, que podría funcionar más bien como entimema, se podría
caer en que el psicoanálisis (u otras perspectivas relativas a lo Psi, por qué
no) tuviese algún derecho a entrar en espacios donde no es demandado
explícitamente. Como si el psicoanálisis (o cualquier Psi) pudiese decir sólo
por el hecho de haber habla. Es aquí que para nosotros se debe poner en juego
una ética que se pregunte por la posibilidad de intervención en espacios donde
no hay una demanda de alguna forma manifiesta, o por lo menos en primera
instancia, una convocatoria de aquel que entra en un espacio clínico que
eventualmente podría llegar a ser terapéutico. Oury puede decir esto, en lo
relativo al “trabajo en la vida cotidiana” porque él crea un espacio artificial
(como lo es La Clinique de la Borde) que está organizado (y analizado
constantemente, es decir no es un espacio desde la ingenuidad, sino desde el
constante cuestionamiento) con una forma, un modo, que dice relación con eso
que nombramos como “cotidiano”, pero que tiene un objetivo terapéutico
particular y articulado en relación a sus propios objetos de análisis[4].
Una “perversa” lectura podría ser-y nuestro objetivo con todo esto
es poner en tensión esta posible lectura que no está ya lejos de ser realidad
en algunos círculos Psi- pensar que con esto podemos intervenir en la vida
cotidiana, interviniendo ahí, en el espacio privado, violentándolo, invirtiendo
la demanda, creándola donde tal vez siquiera existe, atribuyéndose además el
derecho de intervenir. Y por intervención basta una palabra, una pregunta, una
teorización. Si bien entonces ahí hay un habla, se podría caer en intervenir no
a partir de la palabra del que consulta, palabra que enuncia algo relativo a la
circulación o movimiento de su deseo, sino de un deseo, por ejemplo, institucional,
estatal, inclusive del deseo del propio analista, que sin duda y efectivamente
estará y atravesará los espacios pero que se diferenciaría en el punto en que
no responde a eso institucional, sino desde eso. Y aquí cabe preguntar, si esto
se hace, con qué fin se hace: ¿Prevenir cierto malestar? ¿Y sin con prevenirlo
no se está creando al mismo tiempo?
Nos parece de suma relevancia el ejemplo que en este texto Oury da a
partir de la historia del Psicótico y el Burro[5]. Si Oury está hablando aquí de la vida cotidiana en tanto
terapéutica, o en tanto lugar de ejercicio clínico, es sólo en la medida en que
ese espacio fue creado para y desde la clínica (con todo lo que eso refiere).
La vida cotidiana puede ser un modelo, creado, ficticio, para que algo suceda
ahí,[6] pero insistimos, no da esto la libertad de intervenir en la vida
cotidiana por el sólo hecho de haber seres parlantes sino que, es justamente
porque el psicoanálisis (y las diferentes Psi) crea un espacio donde puede
intervenir en la medida en que hay otro que “consulta” y que demanda desde su
padecer, que su práctica se vuelve posible y pertinente.
Karina Hernández Parker
Jorge Norambuena Muñoz
[1] Castel, R. (1980). El orden psiquiátrico, Buenos Aires, Fondo
de Cultura Económica & Foucault,
M. (2012). El poder psiquiátrico. Madrid.
Las Ediciones de la Piqueta, entre otros.
[2] La discusión se podría
establecer en qué, cómo y hasta qué punto se articula y estructura ese sujeto
en ese mundo, sin embargo nuestro foco está
en las implicancias clínicas de considerar al psicótico como deseante, por lo
tanto, lo que podríamos hacer ahí.
[3] Más desarrollo teórico del tema
en “Creación
y esquizofrenia” de Jean Oury.
[4] La Clinique de la Borde
funciona enmarcada en los lineamientos de la Psicoterapia y el Análisis
Institucional.
[5] “Recuerdo que para un esquizofrénico lo que contaba era un burro que había
en el parque de la clínica. Darle de beber al burro era la única cosa que
reconstruía el mundo para esa persona. Si suprimimos el burro diciendo que no
es muy elegante como analista ¡no habremos comprendido nada.”
[6] A partir de esta misma idea, si pensamos, por ejemplo, que el burro
de mi primo tendrá una función terapéutica, tampoco hemos entendido nada,
puesto que se puede car en la “burroterapia” (o más contemporáneo, en la neuroburroterapia),
y al mismo tiempo es el psicoanálisis quien se va a instalar en un espacio que
no es convocado como tal, como si “esa realidad” exterior
necesitara del Psi.
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